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LA MUJER DE AZUL

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La suya era una manera especial de viajar. Desde pequeñita le había sido muy fácil evadirse de la realidad y volar mentalmente a otro lugar. Fue esto lo que la propició a salir cada vez más de su cuerpo y aparecer en otras partes del mundo. No obstante, tenía que tener cuidado, podía darse la situación de querer volver a su cuerpo y no encontrarlo. Por ello, siempre se anudaba en su dedo meñique un hilo rojo que nunca se acababa por muy lejos que se marchara. Ese hilo rojo estaba tejido con el hilo de los sueños.

Como la habían invitado a una fiesta, se había puesto un lindo vestido azul para la ocasión. Ya llevaba un tiempo saludando y charlando con unos y otros, hasta que llegó un momento en que empezó a aburrirse y decidió salir al jardín para tomar el aire. Allí comenzó a invadirla una especie de sopor que la fue relajando hasta quedar profundamente dormida. En esos momentos, cualquiera que pasara sólo vería a una joven mujer dormitando, pero nunca imaginarían que su cuerpo, cuando ella viajaba, era solo un cascarón. Si, sus constantes vitales funcionaban, pero eran meramente vegetativas, ella se encontraba a miles de kilómetros de ese jardín, donde su cuerpo estaba medio reclinado.

Se hizo visible en un parque natural donde los animales campaban a sus anchas y por donde discurría un fresco y sinuoso río de orillas frondosas, llenas de vegetación y salpicadas de bellas flores de múltiples colores.

La mujer de azul quedó inmediatamente hechizada por toda la belleza que la rodeaba y sin sentir el más mínimo miedo. Ella supo desde el primer instante que allí todo era perfecto y que la armonía estaba instalada en todo lo que sus ojos contemplaban.

Estaba caminando y recreándose en ese paraíso encontrado, cuando de repente oyó un ruido, era como si algo se frotase contra el suelo. Agudizó la vista y el oído tratando de dirigirlos allí donde le pareció se producía el ruido, y de pronto, asomó la más enorme y magnífica cabeza de serpiente que nadie pueda imaginar. A la mujer de azul se le escapó un grito y pegando un respingo se giró dispuesta a correr en la dirección contraria, pero entonces oyó como la serpiente que ya se la veía entera, le dijo: – Espera, no te vayas. No temas que nada voy a hacerte.

Pasada la primera impresión y ante la voz suave que había escuchado, la mujer de azul se giró. Entonces la pudo ver completamente: era enorme y hermosa, y con un larguísimo cuerpo lleno de bonitos dibujos. Ahora se mostraba sentada sobre los cinco aros que su propio cuerpo había formado.

Y le preguntó: – Siendo una serpiente, ¿cómo es que hablas?

La serpiente le dijo que estaba en un sitio mágico y que hasta lo impensable podía acontecer, ella misma era más inofensiva que una lombriz de tierra, pese al corpachón que exhibía.

La mujer de azul aprovechó para preguntarle qué en dónde se encontraba y la serpiente le dijo: que era el paraíso donde todos los animales que habían sucumbido en La Tierra marchaban. En este lugar no necesitaban matarse unos a otros para proveerse la comida, no existía ninguna carencia; ni cambios de estaciones que les hiciera guarecerse por el frío o las inclemencias del tiempo. Todos, cualquiera fuera su naturaleza, vivían en total armonía sin ningún miedo entre unos y otros.

Entonces, se preguntó a sí misma, por qué se encontraba en este lugar, y un recuerdo triste comenzó a surgir de su interior. Echaba de menos a su dulce compañera, esa bolita de lana que por las noches se acurrucaba a los pies de su cama. Esa bolita blanca era su perrita Tana, la perrita que su padre le había regalado en su décimo cumpleaños, cuando solo tenía dos meses de vida. Tana la acompañó dieciséis años de su vida y siempre fue su mejor amiga. Ella siempre fue su pequeña “cosita” divertida y alegre que le profesaba todo su amor incondicional.

Ahora cuando volvía a casa ya nada le saltaba a sus brazos, ni oía esos ladridos mágicos que le quitaban las preocupaciones del día. Ella se había marchado definitivamente y su corazón estaba muy triste.

Una luz le iluminó el entendimiento y supo por qué precisamente se encontraba allí. Tenía que volver a ver a Tana y sentir su dulce cuerpecito junto al suyo. Y como en este paraíso todo era posible, el deseo hizo realidad su sueño y Tana apareció más feliz y hermosa que nunca entre unos matorrales. Se le alzó de patitas y la mujer de azul se arrodilló y rodeándola con sus brazos la mecía en su regazo mientras le iba susurrando su inmenso amor entre sus orejitas. Mientras Tana, no dejaba de volverse y pasear su lengua por la cara de su amita, dándole todos los lametones que su gran amor le brindaba.

Tana, sabiendo su don, la había llamado para reencontrarse y que no estuviera tan triste, ella era muy feliz donde se encontraba, solo la tristeza de su amita ponía un velo a su inmensa dicha.

Desde entonces la mujer de azul que había dejado anudado un hilo rojo a una de las patitas de Tana, volvía al paraíso de los animales cuantas veces deseaba y allí encontraba siempre a su querida perrita, llenándola de las mejores vibraciones para su alma.

Marybella

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