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TERNURA


nena y perrito

Qué belleza se despliega ante el gozo del amor, de ternura se viste la niña cuando besa al cachorro bebė, que ni abrir los ojos puede y todavía huele a leche. Ese sentir es tan puro y brota tan espontáneo, que ilumina la imagen dándole todo su candor y nos traslada a ese sentimiento que transporta su corazón.

Es una estampa única y dice todo lo que un niño es, cuando la ternura y el amor son él.

© Marybella

LA NIÑA Y EL MAR

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Paseaba solitaria, las olas mojaban sus pies. Huellas sutiles iba dejando en la orilla, el agua las lamía y desaparecían.
El olor a mar y los tonos suaves del horizonte daban fragancia y hermosura al atardecer.
La niña pensaba y caminaba, como hábil mariposa se acercaba y huía de las olas, estas la besaran con embeleso. La niña seguía playa adelante, parecía no importarle nada. Su mirada era lejana, su paso meloso, su blusa con verdes reflejos y sus ojos llenos de mar. Una raya apretada eran sus labios, con mejillas satinadas en rosa pálido.
Niña, llamó el mar ¿Por qué no dejas que te arrulle?
La niña sin sorprenderse, avanzaba lentamente.
El mar: niña, si eres dulce y vienes yo te haré feliz.
La niña sin detenerse, seguía su marcha.
El mar: niña, yo te serviré y en mis olas escarchadas te llevaré
La niña ya no veía, solo escuchaba y lloraba.
El mar cegado por tanta pena, la enredó en olas.
La niña se dejó llevar, sin pena, ni miedo.
La playa se fue haciendo pequeña y el cielo oscuro.
El mar se hinchaba y gozaba, con alegría estrepitosa.
La niña dejo de escuchar, de ver y sentir.
El mar la arropó haciéndola suya.

Maribel Durán
© Todos los derechos reservados

MI NIÑA

 

Mi niña

Ángel puro,

luz de mi vida,

sol de mi alegría,

inocencia sabía.

La noche llego y tú dormías,

y un sueño reverente te arrullaba.

Tu respiración suave  y acompasada

daba muestra de esa dulce calma.

Entre sábanas desplegadas,

un palacio surgía.

Tú eras la princesa encantada

que con  tu sonrisa perlada,

llenabas  la estancia diamantina,

Tu pelo negrísimo, encima de la almohada y,

mientras el sueño te cubría,

tu alma se elevaba.

Y volando entre ángeles

como pluma al viento,

tu sueño se poblaba

de todo el amor y el desvelo

que en mi corazón de madre

iba fluyendo……

Descansa mi niña,

y que de nuevo la mañana

me haga disfrutar,

con tu dulce ternura

y tu inocencia sabia.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados

 

 

 

MI PEQUEÑA SANDRA

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Niña, 
no encuentro palabras
para decirte lo que mi alma
siente  por tí…

Llegaste a la vida
para dar luz de amor,
y tuve tanta suerte
que a mi toda me tocó

Me siento tan dichosa
y  contenta,
de ver tu sonrisa,
de saberte feliz…

Eres ese capullito
que se abre a la vida,
y que cada día crece
en todo su sentir.

Eres ese  bello tesoro,
que Dios sabiendo
mi deseo,
un afortunado día me regaló

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados

 

ELEGÍA

                        ELEGÍA

Sobre lecho níveo, de blancura sin igual, descansaba en su sueño eterno una dulce niña, que con trenzas doradas, jugaba con muñecas, combas y cocinitas no ha mucho.

Se la llevó la parca de un día para otro, cuando un mal la invadió. Difteria dijo el médico, y el angelito ni tres días duro.

¡Qué gran pena, Cristo del Gran Poder! Llevarte a mi niña cuando apenas llego a hacerse mujer.

Toda la familia en torno a ella está. Una que otra plegaria por su alma limpia e inocente salen en retahíla de todas las matronas, que rezan y lloran, lloran y rezan y entre medio, suspiran y miran al cielo, con rendida potestad.

Ya la levantan y colocan en su blanco y pequeño ataúd. Una corona de azucenas bordea su sien, descansando sus trenzas doradas sobre su vestido blanco, con puntillas y organdí.

Qué hermosura tiene mi niña, ¡Cristo del Gran Poder! Solo de verla creo que sus ojos abrirá y mirándome con esa chispa de inocencia y bondad, me dirá: — me desperté madre y ya no llores más, que siempre contigo quiero estar.

Cuatro cirios dan los puntos cardinales de su pequeño ataúd. Reflejando con oscilaciones la amarillenta luz.

Tan apagada como se ve ahora mi niña y cuanta vida tenía, tan sólo hace tres días.

¿Cómo te puedes ir tan pronto alma mía, vida de mis entrañas y dejarme así?

No ves que ya solo puede quedar noche, cuando te vayas de aquí.

Ayúdame Cristo del Gran Poder, que mis piernas tiemblan y ya no me sujetan, que tengo que caminar para darle sepultura a mi ángel celestial.

Ya le cierran la caja y entre cuatro hombres la levantan. En triste cortejo, camino del cementerio van.

Las campanas de la iglesia tocan a muerto, rozando la pena que sale desde muy adentro.

En el campo santo el cura echa el responso y con cuidado bajan a la fosa el pequeño ataúd.

Que solo se queda, tan pequeño y tan blanco en la negra fosa.

Después los sepultureros echando la tierra están, y mientras y poco a poco todos se van. Sólo la madre queda, no quiere abandonar el lugar. Piensa en su niña, cuando hace sólo tres días ella era la vida y ahora yace sola en aquel lugar.

Mira al cielo y dice con un grito lacerante:

–¡Te llevaste a mi niña!, ¡Cristo del Gran Poder! cuando apenas llego a hacerse mujer. ¿Por qué, por qué te la llevaste? .Tú sabes que aunque yo quede aquí, mi vida junto a la de ella, te la llevaste también.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados.