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Mi MUSA

   mi musa                 

Le dije a la musa que bajara. No me escuchó y  lejos de hacerlo se perdió por ahí. Después de concentrarme para que volviera, ella se resistía y resistía. Por fin conseguí que se acercará y aproveché para preguntarle la razón, entonces  me dijo: LAS MUSAS TAMBIÉN DESCANSAN.

©Marybella

LA MUSA

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Era primeros de Marzo de 1950 y no tenía muy claro lo que quería pintar en el gran lienzo blanco que le aguardaba en su estudio. Salió temprano a la calle para dar un paseo y desayunar en un viejo café a dos manzanas de su casa. La mañana era fría y el río hacía notar su humedad, se subió el cuello del abrigo y encendió el primer cigarrillo del día. Cuando iba a cruzar la calle, la vio. Estaba recostada lateralmente y de espaldas en un banco y apoyaba su brazo en el respaldo, a modo de diván. Había tal dulzura y dejadez en su joven cuerpo, que quedó subyugado. No pudiendo aguantar la necesidad de contemplarla, se acercó a ella. La naturalidad que desbordaba en su dulce sueño lo dejó sin aliento. No era solo joven y muy hermosa, es que parecía una bellísima durmiente salida de un cuento. Supo entonces, que era a ella, a la que quería inmortalizar en el lienzo blanco del estudio y lo haría con esa delicada y elegante postura de su cuerpo.

Como si hubiera hablado su pensamiento la joven abrió los ojos y lo miró, fueron breves segundos, pero algo mágico había ocurrido en el cruce de miradas. Él le dijo, que allí, de seguir parada lo único que podía coger era una pulmonía, que si la podía invitar a un café con un croissant, que era lo que tenía pensado hacer momentos antes. La joven, algo aturdida,  le comentó que estaba de viaje y alguien, en un descuido, le había robado el bolso con la documentación y el dinero y se encontraba perdida y sin saber qué hacer; después se había quedado dormida en el banco de puro cansancio.

Ella aceptó la invitación y juntos fueron al café. Una vez allí y después de presentarse, él le comentó su deseo de pintarla. La tranquilizó diciéndole que no se preocupara por el dinero, que la iba a ayudar para que llegara sana y salva a su casa. Ella lo creyó y lo miró con una tierna y húmeda mirada de agradecimiento. El desayuno hizo que se conocieran un poco más, además de conseguir entrar en calor.

Una vez en el estudio, Graciela, que ese era su nombre, se quitó el abrigo y se puso a curiosear entre los distintos materiales pictóricos de Philippe. Él la miraba de vez en cuando, sin dar crédito a lo bella que era.

Philippe mientras tanto trataba de buscar el mejor ángulo para la luz, quitó un montón de periódicos de un sillón algo desgastado y lo terminó colocando delante de la ventana. Puso una sábana a modo de funda y le dijo: ¡Et voilà, Graciela! Aquí es donde quiero que poses para mí. Ella posó un día y otros, totalmente desnuda, pero tapada su desnudez con su propia postura. El resultado fue de una belleza embriagadora.

Philippe para entonces se había enamorado locamente de ella, era su musa, sacaba de él lo mejor que llevaba dentro. Le dijo que por favor retrasase su vuelta a su país, que le gustaría seguir pintándola. Ella lo miró a los ojos con tristeza y le dijo que no podía retrasar su vuelta de ninguna manera. Que se tenía que marchar y que algún día se volverían a encontrar, mientras tanto, nunca lo olvidaría.

El cuadro hizo que el pintor cada vez alcanzara más renombre, todos los personajes públicos y poderosos querían tener un cuadro del gran Philippe, ya casi no daba abasto para atender tanta demanda.

Fueron pasando los años y Philippe nunca olvidó a Graciela, su cuadro estaba inmortalizado en un museo famoso de la ciudad y eran muchos los que pasaban todos los días por allí para contemplarlo. También él lo hacía, nunca pudo dejar de sucumbir a su magnetismo y encanto.

Un día, cuando era casi octogenario, entró por casualidad en una exposición de fotografía de finales del siglo XIX. Estaba mirando las diferentes fotos allí expuestas, cuando quedó sobrecogido ante una fotografía en la que aparecía una hermosísima mujer que lo miraba con unos apasionados y cálidos ojos. Supo que era Graciela, la imagen que de ella tenía dentro de él, seguía tan fresca como cuando se marchó hacía 53 años. La foto era un retrato donde aparecía sentada en una butaca y con las manos entrelazadas en el regazo, estaba fechada en 1890 y ponía en una esquina y con letra legible : la joven Graciela Martos, a los 18 años, en su puesta de largo.

¿Pero como era posible?, se decía así mismo una y otra vez, de ser así, ella en su encuentro tendría que haber tenido la edad que él tenía ahora, 78 años y no 18 años.

Entonces, por primera vez comprendió el porqué se había marchado sin poder retrasar su vuelta de ninguna manera posible, y un escalofrío helado le recorrió lo más profundo de su ser… a la vez que una oleada de cálidas sensaciones invadían su alma, haciéndole brotar tiernas y sentidas lágrimas de agradecimiento hacia ella.

Marybella
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EL ESCRITOR

                  

El escritor

Cuando escribes un texto con un mínimo de calidad necesitas una elaboración, aunque poseas muchísima creatividad, nunca puede ser una rutina aportar continuos textos con creatividad, eso no se da nunca. El arte de escribir si surge desde dentro, es tan variopinto como nosotros mismos, es algo que no se puede imponer. Sólo sucede de manera libre por una inspiración, un estímulo, un impulso, una motivación, etc.  y en un momento determinado.

A veces se hace imprescindible tomar un respiro y alejarse con cierto distanciamiento de la escritura, para abordar otras fuentes como la lectura de autores distintos y estilos diferentes, necesario  para no encasillarnos.

Estar continuamente en el punto de mira, no es nada bueno, nos da cierta exclusión para poder sosegarnos con la paz suficiente, dejando fluir las ideas y conseguir conferirles las emociones necesarias para que lleguen al lector.

Como humanos que somos, el estado anímico juega un papel decisivo al poder transmitir el contenido en nuestros escritos y darle una relevancia en su comunicación.

Considero que hay que tener mucha técnica y disciplina para conseguir hacerlo bajo la presión de una entrega continuada, igual que si fuéramos columnistas a sueldo.

Además intervienen tantos aspectos y circunstancias diferentes en nuestro día a día, que el arte de la escritura tiene que hacerse un hueco y conseguir conciliar un tiempo determinado donde poder explayarnos con ella.

A todos los que nos gusta escribir, sabemos que cuando lo estamos haciendo solo estamos físicamente donde estemos escribiendo, nuestro yo se encuentra en un ensimismamiento, mientras estamos  en este ejercicio para poder sacar aquello que nos ronda y darle la forma adecuada con nuestra intencionalidad  y deseos de comunicar.

También hay textos que exigen para llegar a su verdad, empatizar con el protagonista o la circunstancia que se esté produciendo, eso lo hace creíble y más real. Si hay algo que creo todos detectamos, es cuando un texto no tiene esa fluidez y naturalidad que surge desde ese manantial donde nuestra musa se conecta, dándole autenticidad y soporte. Lo demás nos suena a estereotipo, mala imitación, falsedad…etc.

Hay mucho de purismo en este arte de la escritura, de dejar que surja ese don que se transmite y perdura en algún medio tangible donde se puede volver una y otra vez. Esa recreación es otra de las circunstancias que le dan excelencia, poder leer cuantas veces deseemos eso que ya ha pasado a un formato determinado y no existe solo en el mundo invisible de las ideas.

Cuando escribimos conseguimos estar concentrados en nosotros mismos sobre aspectos relevantes que nos ha fundamentado nuestra experiencia y  observación externa de una realidad determinada., esto supone en muchas ocasiones,  todo un ejercicio de desdoblamiento que necesita de bastante energía interior para poder captar todos los detalles que se van configurando en la extracción de lo que queremos hacer llegar.

Escribir para el escritor es poder comunicar de una manera determinada, es conseguir llegar a una meta, pero solo se hace patente por su innata e indómita necesidad de hacerlo.

Maribel Durán

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