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AMOR MÁGICO

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Todo era mágico en esa mañana desbordante de luz. Ella, joven y bella, estaba enfrascada en la lectura del libro que en el regazo sujetaban sus manos,  dónde el personaje principal, un joven noble y valiente la tenía arrobada. Hacía días que su imaginación soñaba con él y se dejaba llevar por todo lo que consideraba que lo caracterizaba. Tanto había pensado en este joven de ficción, que casi lo había hecho realidad.

En el puerto, el escenario estaba salpicado de azul. El azul del mar y del cielo unidos creaban un juego fastuoso de matices, mientras las barcas se mecían al suave compás de las ligeras olas que se habían colado discretamente en el muelle. Se llamaba Elisa y era grácil y esbelta, de proporciones perfectas. Su cara era dulce y armoniosa y cuando por ella surcaba su sonrisa, el sol nacía de nuevo para reflejarse incansablemente en sus bellos dientes de nácar.

El día que libraba de su trabajo en el hospital, pues era enfermera, le gustaba ir al puerto y sentir el olor a brea mezclado con el salitre del mar. Entonces una paz interior la poblaba y se veía arropada por la bendición de esos momentos deliciosamente perfectos y mágicos. Todo ello conseguía que se fundiese en el majestuoso cuadro que la envolvía y poco a poco se fuera abstrayendo, concentrándose en la historia que estaba leyendo.

Siempre le gustó el mar y sentir su belleza brava cuando desde chiquita lo miraba y se llenaba de su liquida y enorme bastedad. En esos momentos era como si formara parte de ėl y alcanzará el nexo perfecto para deslizarse por su superficie y sentir la frescura de su caricia.

Así se encontraba, cuando oyó una sirena emitir un profundo y estridente sonido. Se hizo sombra con la mano para ver la entraba en el puerto de un gran barco y percatarse como delante iba el práctico, que era el que poco antes había hecho sonar la sirena y se encontraba dirigiendo la operación de atraque mientras lo iba guiando para hacerlo llegar al lugar deseado. Dejó de leer y sus ojos se pegaron al barco, en concreto a su proa que era donde estaba un oficial con gorra de plato y uniforme níveo. No sabía por qué, pero algo la subyugaba de esa varonil figura. Lo supo alto y lo imaginó de rasgos marcados, con mucho porte, a la vez que creía adivinar que bajo su guerrera se ocultaba un cuerpo escultural y fibroso, evidenciando su manifiesta juventud.

A ėl tampoco se le pasó por alto ese punto de luz, que con forma de mujer adornaba majestuosamente el cercano amarre, donde ya casi estaban llegando. Sus ojos estaban en sombra bajo la visera de la gorra, eso le permitía fijar de forma audaz su mirada en ella. A cada metro que se acercaba la iba descubriendo como si no fuera terrenal y se hubiera materializado un bellísimo ángel. Era tanta la belleza y serenidad que la envolvía que creyó se trataba de un sueño.

Él era egipcio, se llamaba Ramsey, nacido en El Cairo, su piel estaba como bañada de sol, de ahí su tinte tostado, más dorado que oscuro. El uniforme hacía que su cara pareciera más morena. Efectivamente, sus facciones estaban muy bien dibujadas, dándole una apuesta distinción y expresividad a su cara. Elisa, creyó ver visiones debido al efecto del sol que le daba de lleno, mientras sus ojos se clavaban plenamente en este exótico joven por el cual iba sintiendo como el corazón le comenzaba a latir a un ritmo cada vez más desenfrenado.

Después de amarrado el barco, habiendo pasado pocos minutos, Ramsey no pudo aguantar acercarse a la joven sentada en una de las pasarelas del puerto. Tenía necesidad de estar próximo a ella, de oír su voz, de extasiarse con la contemplación de su estampa, empujado por la atracción que le embargaba. Cuando dejó la proa para bajar a tierra, Elisa dejó de verlo y sintió vértigo de que solo fuera un espejismo. Había sentido una fuerza tan imperiosa por ese desconocido, que ahora que lo había perdido de vista sufría por su ausencia. Algo le decía en su interior que el personaje de su libro se había transmutado en alguien real y ya no era un personaje de ficción. Se sentía como si ella lo hubiera invocado desde su más ferviente deseo y eso lo hubiera dotado de vida.

Elisa de pronto visualizó una esbelta sombra proyectada en el suelo y que llegaba a tocar su figura, se giró ligeramente y quedó totalmente sorprendida. A unos metros de ella se encontraba el oficial de la gorra de plato. La miraba intensamente, con esos ojos profundos y muy oscuros que ella tanto había imaginado sirviéndose de su pensamiento. Sentía como si ya lo hubiera vivido y solo lo estuviera evocando.

Ramsey dio unos pasos y se acercó alargándole su mano para ayudarla a levantarse. En ese momento, ante el contacto de sus manos, ambos sintieron como si la tierra se estremeciera bajo sus pies y todo hubiera cambiado, para después volver a recolocarse reubicando cada elementos en su nuevo lugar. Todo cobraba un claro significado muy comprensible para ellos. Ahora una luz diferente ayudaba a matizar sus vidas, dotándoles de la certeza que desde siempre había existido su amor. Reconocieron el porque de cómo el mar y el amor estaban desde siempre entretejidos en sus vidas.

Y es que nada es imposible cuando el universo se alinea con uno mismo para prodigar aquel deseo excelso, que desde lo profundo del ser, se va modulando hasta su manifestación.

©Marybella

MÁLAGA BELLA

Málaga
Trocito de Andalucía
bendita tierra española
mi Málaga hermosa y bella
en planicie desde la montaña
llegas y besas el mar
Adoro tu luz y tu ritmo,
tus plazas, parques y paseos,
Adoro la gracia y el salero
que te adorna sin cesar.
Adoro tus quitapenas,
tu cervecitas muy frescas
acompañadas de tapas
viendo pasar a tus gentes
desde algunas terrazas.
Adoro tu Semana Santa
en devoción a toda tu imaginaria
Adoro tu olor a jazmines
aroma de mis amores.
Adoro tus hermosas vistas
arriba, desde tu Alcazaba
Adoro tu espléndido paseo marítimo
lleno de chiringuitos con sabor a pescaito
Adoro tus noches cálidas,
que embrujan entre candilejas.
Adoro lo que significas
en mi corazón, soy tu hija adoptiva
y con eso, te lo digo “to”.
Marybella
© Todos los derechos reservados

SOY BRASA

POEMA SOY BRASA

Ninguna noche ensombrecerá nuestro mar,
soy brasa encendida
que va socavando la oscuridad.
Rendiré tributo al amor
con el júbilo hecho luz de mil estrellas.

¡Espérame!

Bañada en Sol llegarė y
besaré tu playa.
Salmodiando al agua, a la sal y
a toda tu espuma blanca.

Miro el horizonte en la lejanía del mar,
para que tu eco errante acaricie mi estar.
Me voy acercando ya, clamando mi amor,
sin nada que me de temor,
tan solo me acompaña la llama
que alumbra mi posición.

Cuando en lo profundo de mi,
ya escucho tu voz,
una sinfonía de notas vibran a la par en mi corazón.
Ellas se van reproduciendo como una dulce canción,
mientras van caracoleando tus sonidos en melodía de amor.

Así me expando en las ondas
que me acarician el alma
y me dejo llevar a la marisma de tu calma.

Marybella

© Todos los derechos reservados

MARYBELLA

 

MAR

Precioso poema, dedicado por mi amigo brasileño y que me llega, como esa ola que envuelve al pescador, desde la otra orilla del océano. Muchas gracias mi Pescador.

MARYBELLA

¡El sol me besa sin piedad!
Grabando en mi sus marcas.
Salpicándome de color y deseo.

¡Fuego inmenso!

Las olas llegan en espuma blanca
y como velo de novia me abrazan
suspirando y deslizándose por mi piel.

Vibro imaginando que al otro lado del mar
puedes estar disfrutando de mil maneras

¡Marybella!

Eres mi sal, mi mar, mi novia ola
que arrastra en mi su inmensa cola blanca
de intenso gozo pasional,
haciéndome Tu Pescador del Alma.

El Pescador

© Todos los derechos reservados

OLAS DE VIDA QUE NACEN DEL ALMA

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Mientras miro
la lejanía del horizonte,
y la luz y el agua salpican mi piel,
mi sentir se va diluyendo
en armonía con las olas
y su sonido de caracola.

Consciente de la vida
regalo para el alma,
bañada con las olas
de largas añoranzas,
llegan a mi pensamiento
sentires de vida pasada.

Alumbrando mi amor
por lo que conozco,
reforzando mi deseo
por lo que anhelo,
La vida que me viene
va pasando…

Y entre trazo y trazo
dibujo mi semblanza.
Esa que muestro,
esa que escondo,
esa que sueño ,
esa que soy.

Hermanando vidas con vidas,
hermanando almas con almas.
acercando calor al frío de la desdicha humana,
azucarando la vida cuando viene amarga,
bebiendo de la fuente de la esperanza,
llenando de vivencias mi alma.

Marybella

© Todos los derechos reservados.

MIRANDO AL MAR

la sirena

Mirando el horizonte en la lejanía del mar, me llega tu eco errante que volando acaricia mi estar.

Te acercas clamando mi amor, sin nada que te de temor, tan solo te acompaña la llama que alumbra tu posición.

Cuando en lo profundo de mi, ya escucho tu voz, una sinfonía de notas vibran a la par en mi corazón.

Ellas se van reproduciendo como una dulce canción, mientras van caracoleando tus sonidos en melodía de amor.

Asi me expando en las ondas que me acarician el alma y me dejo llevar a la marisma de tu calma.

Sintiendo por fin el origen que te da tu ser, me voy transformando en la sirena que desde siempre deseé.

Maribel Durán
© Todos los derechos reservados

ALAS

barco surcando el mar

Alas tiendo a los cielos
que prolonguen mi viajar,
y en espuma de oleaje
atravieso el fresco mar,
sin fronteras que limiten

mi ansia de libertad.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados.

 

EL RECUERDO DE LA CARACOLA

El recuerdo de la caracola

Estoy ahora en el noroeste español, en una preciosa villa marinera bañada por el océano Atlántico y  dónde hace un fresquito resucitador;  que agradezco enormemente,  después de los baños en sudores de este cálido verano madrileño.

Tenía deseos de brisa marinera, de sentir la humedad del agua con sal, de notar la arena mojada bajo mis pies, de que las olas que bañan la orilla me los acaricien y me los besen también. De sentir ese sentimiento intimista que me brota como un canto pletórico de libertad, de romper cadenas y volar, volar con mi imaginación libre y audaz.

Ahora soy gaviota y vuelo surcando el mar, avistando  las embarcaciones de pesca y saludando a los pescadores con un estridente graznido de felicidad, y disfruto de nuevo mi tiempo para vagar por el entrañable refugio que me brinda este apacible lugar.

A mi recuerdo llega una tarde de playa de hace ya muchísimos años, cuando yo era muy pequeña, en la que mi padre me daba una bonita caracola y con mucha ternura me decía: toma y cuídala, ahí,  mi niña, entre tus manos tienes un gran tesoro, porqué lo que ven tus ojos es el mar, pero lo que escuchas y lo  hace sonar es esta caracola,  que se quedó con toda su música para que nunca se pueda escapar. Después  con mi gran tesoro yo iba acercándoselo  al oído de todo el que quisiera escuchar y una vez que lo oían, demostrarle que lo qué decía mi padre era verdad, verdad.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados

 

ATARDECER SOBRE EL MAR

 

atardecer sobre el mar

 

En la playa despido la tarde

con el sol  anaranjado

descendiendo  por el horizonte.

Sus rayos bañan y tamizan el mar,

dejando una estela dorada

que guía el vuelo de las gaviotas.

Se  va, cansado ya de alumbrar el día,

y cediéndole su lugar a la noche.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados

 

 

EL RIO

 

El RIO

Hoy he visto colores dentro de ti, de esos que como cristal refulgen y destellan luz. Era el sol, que mientras bajabas con estrépito ondeando en los repliegues del seno que te formaba, te daba calor y te besaba. Ibas jovenzuelo, limpio y transparente.

Saliste de una fuente que como manantial manaba de las entrañas que te vieron nacer. Dabas saltos, correteabas rápido en tu fluir, después caías formando pocetas que daba profundidad a tu integridad, ahí, dejabas parte de ti, pero no parabas, que la corriente no dejaba su ímpetu montañés y te empujaba a otras tierras para que las llenaras con tu frescura de savia limpia y pura.

Por el valle que mucho después te prolongaba, ya ibas ancho y caudaloso, de vez en cuando afluían hijuelos que a ti se añadían. Así, seguías y seguías dando esplendor a los cultivos que por doquier florecían.

Ya tu fluir se hizo manso, mientras, no parabas de sembrar verdor y vida, impregnando con tu fresca esencia todo lo que tocabas.

Llego un momento, en el que tantos y tantos kilómetros hiciste desde el manantial que te vio nacer, que ya ni recordabas tu largo serpenteo. Ahora seguías impulsado por la caída del terreno para desaguar tu oscuro y gran caudal. Ya no tan limpio, que revolviste cienos y poco a poco en tu transcurrir hasta te profanaron con desechos, esos hombres, a los que tú le habías dado a beber de tu lecho.

El mar te espera para acogerte y recibir todo tu caudal. En él te fundirás mezclándote con su sal y cuando el calor en parte lo evapore, como nubes volará parte de ti, descargando de nuevo esa savia que la tierra agradecerá, para seguir sembrando vida dentro de su sabio ciclo natural.

Maribel Durán

© Todos los derechos reservados