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INCANSABLE COMPAÑERA  

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En la vida hay diferentes maneras de observar el mundo. Un día que iba caminando por la calle la vi y me hizo sucumbir a su hermosura y ligereza. Entonces, se me metió una idea fija en la cabeza, ella sería mía.

Para ello, tuve que merecérmela y trabajar muy  duro mientras los demás holgazaneaban. Recuerdo que me  tiraba de la cama  cuando todavía era de noche para repartir periódicos. Después iba a  la escuela y por las tardes sacaba a pasear a los perros de los demás, fregaba coches y ayudaba al Sr. Félix en la serrería. Sólo tenía 14 años.

Cuando fui un año después a por ella,  me sentí el más feliz del mundo. Allí estaba como esperándome,  todavía más hermosa y ligera, deseosa de ser montada. Lo hice. ¡Dios, como lo hice!

Ella fue la primera. La más deseada y la más amada. Nunca me pude deshacer  de ella cuando su cuerpo, que me lo dio todo, se fue oxidando.

Si, ahora después de toda una vida recorrida, seguía allí, decorando con toda su belleza vintage un rincón del jardín. Es el tributo que le rendí a esa entrañable  amiga que me hizo descubrir el mundo sobre sus dos ruedas.

Marybella

© Todos los derechos reservados

ALEJANDRA, BELLA FLOR

 

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Alejandra era una flor de primavera que brotó un día de Mayo. Apareció tímidamente una mañana entre otros muchos tallos, pero cuando su corola alzó, a todos eclipsó.

Algo tenía que hechizaba esta flor. Pasados unos días se convirtió en una hermosura grande y blanca, con pétalos de terciopelo. De su esbelto tallo empezaron a crecerle unas elegantes y verdes hojas que se mecían armoniosas.

Las otras flores al verla,  se llenaron de rabia, y verde solo fue su corazón, que para la tiña de la envidia es su color. Alejandra ajena, su fragancia regalaba, con grandes gestos de amor. Ella era bella y bebió de todo el gozo que en el jardín surgió. Sabía disfrutar desde muy temprano de la tibia caricia del sol y poco a poco se desperezaba con su reverente esplendor.

Ella era única, allí plantada entre tanta arrogancia, veía como otras flores menos bellas querían ignorarla, pero las mariposas en sus sedosos pétalos descansaban y con sus finos filamentos la impregnaban de bellos sentimientos, que ella hacia suyos y volvía a regalar aureada de un sentir mayor.

Fueron pasando los días y la primavera expiró, y Alejandra,  comenzó a saber que pronto su jugo volvería a la tierra de la que salió. Había algo sabio en ella que le daba el amor, porque comprendía, que su labor de embellecer y dar fragancia se había hecho realidad y después en otras primaveras,  otras flores tan bellas como ella, también el jardín llenarían de esplendor.

Así era la vida, como gotas de rocío que nacen de madrugada iluminando y refrescando a la flor, para luego evaporarse, cuando han dado su jugo con todo el amor de haber hecho bien su función.

Maribel Durán

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