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LA OTRA CARA DE LA REALIDAD

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Miraba al cielo y pese a que se asomaban a él unos grandes nubarrones espumosos de color gris, anunciando una pronta y vertiginosa lluvia, en su corazón, una nueva certeza había comenzado a darle una esperanza de cálida seguridad. En él, se despejaban las oscuras nubes para pasar a ver un claro cielo azul iluminado por un cálido y brillante sol.

Ya el sacerdote había terminado su responso y dejado caer las palabras Descanse en Paz, cuando los sepultureros, ayudados de gruesas sogas, deslizaban suavemente el negro y acharolado ataúd dentro de la fosa.

Ahora, y sin que nadie se lo pudiera imaginar, ella bailaría mentalmente sobre su tumba y lloraría de alegría, dando enormes gracias al cielo por haber conseguido liberarse de ėl. De su egoísmo depravado, de su machismo desenfrenado, de sus aprisionantes celos, de su humillante e hiriente lascivia glotona , como si ella solo fuera un trozo de carne sin alma. De su lengua grosera y amenazante cuando le lanzaba cascadas de palabras soeces y descalificando hasta lo más sublime y tierno de ella.

Muerto y bien muerto se merece estar, allí donde ningún daño pueda hacer ya y sirva a los gusanos de alimento, de venenoso y repulsivo alimento hediendo a podredumbre eterna.

En su cabeza, todavía sonaban los ecos de sus lacerantes palabras, torturándola continuamente con sus reproches. Encumbrando su insignificante hombría con la más abyecta violencia diaria. Haciendo que dentro de ella asomaran brotes de locura y un miedo cerval tomara posesión, creándole cada vez más, una acentuada y profunda indefensión traumática.

Recordó la última vez que lo vio al fondo del pasillo de la planta alta y la llamó con voz enronquecida : -¿Dónde estás zorra del diablo?. No te escondas, será mucho peor para ti.

Se oyó así misma decir: ¡Dios, otra vez no! Todavía le dolía la piel de sus pechos, allá donde las magulladuras no se habían borrado. Cerró los ojos y comenzó a gemir. Segundos después, algo muy profundo saltó dentro de ella haciendo
que se levantara del rincón donde se hallaba acurrucada. Se irguió y saliendo al pasillo se acercó a la barandilla y poniéndose de espaldas a ella, le gritó:

– ¡DETENTE!

– No me hagas enfadar- le contestó él, aproximándose

– ¡NUNCA MÁS! ¿ME OYES? ¡NUNCA MÁS SERÉ TUYA! – la adrenalina hablaba por ella

– ¿Estás segura de lo que dices? – contestó algo sorprendido

– ERES UN DEPRAVADO, UN ENFERMO MENTAL – le espetó ella

– Sabes que solo eres mía y siempre me darás lo que yo desee de ti. – le dijo mordiendo las palabras

– Me arrojaré desde aquí si te acercas a mí. – le amenazó ella

Él, con ademán desencajado, corrió hacia ella y justo cuando la iba a tomar de cuello, ella se hizo a un lado. Él, sin apoyo y perdiendo el equilibrio, se precipitó por encima de la barandilla, cayendo al vacío por el hueco de la escalera.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y todos los asistentes al sepelio aprovecharon para despedirse de la compungida viuda, a la cual daban sus sentidos pésames por el fallecimiento propiciado por tan fatídico accidente doméstico, del gran hombre y congresista que consiguió se aprobara la ley contra la violencia de género.

Maribel Durán

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