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NAVIDAD

Santa in his sleigh flying through full moon sky

El salón de la casa estaba gratamente caldeado. En la chimenea, un gran fuego crepitaba al ritmo de las llamas que iban sumergiendo la estancia en un contraste de sombras y luces, donde su animado bullir se reflejaba en el ajado rostro del abuelo y en las caritas vivarachas de sus nietos. El abuelo estaba sentado en su gran sillón, frente a la chimenea, y allí, a sus pies, sus dos nietos le acosaban a preguntas. La nieta se llamaba Inés y contaba cinco años y su hermano Guillermo, siete.

Guillermo le decía al abuelo, mientras sus manos no paraban de moverse — Pues mira “Abu”, yo no sé si voy a poder dormir la noche de Navidad. ¡Estoy tan nervioso!. Porque miro la chimenea y no sé cómo Santa Claus con su barrigota puede entrar por ahí. ¿ Y si se queda atascado? Entonces no podrá repartir ni a mí ni a Inés los regalos, ni a ningún otro niño.

Inés, cayendo en la cuenta, dijo a su vez — Eso “Abu”, que nos quedamos sin regalos.

El abuelo, sonriendo, le revolvió el pelo en un gesto cariñoso a Inés, a la vez que le decía a ambos: — Pero chicos, no os preocupéis por eso. Santa Claus es mágico y lleva siglos repartiendo regalos en Navidad. Para él no hay chimeneas que se le resistan. Daos cuenta que viene volando con sus nueve renos mágicos desde el Polo Norte y eso está, muy…pero que muy lejos. No obstante, siempre consigue en una sola noche entregar todos sus regalos a los niños que viven en la Tierra. Aquí, el abuelo vaciló unos segundos para luego añadir : menos una vez que por poco no lo consigue

Cuando el abuelo dijo esto, un silencio total se apropió de la estancia. Un momento después, Guillermo ya le estaba preguntando a su “Abu”: —¿Qué pasó? ¿Es que se perdió y no encontró el sitio? ¿Se le terminaron los regalos?… A lo que Inés, a seguidillas de su hermano, dijo: — Igual se quedó dormido, seguro que terminó cansadísimo de tanto llenar su trineo de regalos para todos los niños del mundo.

El abuelo notando la impaciencia que iba surgiendo en sus nietos, se adelantó al resto de sus preguntas y suposiciones diciendo —Pues bien chicos, os contaré la historia de lo que ocurrió.

Como os dije antes, Santa Claus tiene un trineo tirado por nueve renos mágicos, pero eso no fue siempre así. Antes eran sólo ocho renos.

En cierto lejano y frío país había un reno, que sus papás renos llamaron Rodolfo, que había nacido con una singularidad. Tenía una luciente nariz roja. Esto hizo que todos los demás renos se rieran de él, siendo el continuo centro de sus burlas y desprecios. No obstante, Rodolfo fue creciendo sin que su autoestima flaqueara, porque para sus papás él era único, y siempre había crecido rodeado de todo su amor.

Fue pasando el tiempo y cuando ya era un poco más mayor, en una noche de Navidad, donde al igual que los demás, esperaba la llegada de Santa Claus para recibir sus regalos, una espesísima e impenetrable niebla se fue extendiendo.

Eso hizo que en las últimas horas de la noche no hubiera ninguna visibilidad y Santa Claus empezó a temer no poder conseguir entregar todos los regalos que aún le faltaban. Pero al igual que él es mágico, también lo es la Navidad y quiso el destino, cuando ya quedaba poca noche y el día pretendía tomar posesión, que viera una lucecita roja en la lejanía. Se dirigió hacia ella y cuando estuvo cerca quedó muy asombrado al percatarse que era la nariz de un reno al que esa noche tenía que visitar.

Rodolfo se había cansado de esperar y se encontraba dormido, pero algo empezó a oír que lo fue despertando. Cuando por fin abrió sus grandes ojos vio a Santa Claus dando toques en el cristal para que le abriera la ventana. Rodolfo, muy contento le abrió y recibió el regalo que durante todo el año estuvo esperando.

Lo que no se esperaba Rodolfo, es que Santa Claus, viendo esa maravillosa y luciente nariz que tenía, le propusiera que hiciera de guía en su trineo y se colocara el primero, siendo el reno líder que guiara al resto.

Pues sí, chicos,  gracias a Rodolfo que iluminó el camino con su singularidad, pudo Santa Claus entregar todos y cada uno de los regalos a todos los niños que aún le quedaban. Y así fue como desde entonces, Rodolfo va a la cabeza del trineo de Santa Claus, luciendo y guiando en la oscuridad con su roja nariz para que ningún niño se pueda quedar sin su regalo.

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CUÉNTAME…

cabalito alado

Y el mar aburrido quiso soñar: aparecieron las sirenas con sus encantadores cantos. Después la tierra no quiso ser menos y en su sueño se dibujaron los duendes como juguetones entes verdes. El cielo los miraba y acunó al aire para que también soñara. Entonces lo surcaron los dragones, los caballitos alados y las luciérnagas que pintaron un arco iris de mil colores.

Ya estaba todo dispuesto para que un nuevo mundo naciera. El mundo de los cuentos comenzó su debut y la imaginación hizo de madrina para que fantasía tomará la batuta dirigiendo la orquesta de la vida.

Así surgió un mundo de nuevas luces, que a los niños encandilaba y donde todo era posible para darle realidad a sus sueños, que a veces, también los habitaban.

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CUENTA LA LEYENDA…

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Toda su vida fue un ir y venir por el bosque a casa de su abuelita. Recordaba  desde su más tierna infancia esos recorridos llenos de tardanzas ante su gran asombro por todo lo que iba descubriendo en su deambular.

Le gustaba ver el vuelo de una mariposa y esperar a que se posara sobre el pétalo de una flor. Le gustaba descubrir nidos de pájaros con sus pequeños huevos en vías de eclosionar. Disfrutaba con el olor húmedo del suelo, lleno del frondoso follaje y encontrar asomándose tímidamente las primeras flores primaverales, y por supuesto, a las ardillas subiendo y bajando de los árboles con sus inquietas y locas carreras…

Fue haciéndose mayor y su abuela un día dejo de existir, ningún lobo se la comió. Eso solo era un cuento chino para mantener a raya a los niños. Ella sabía de siempre que tenía una fuerza mágica que la hacía merecedora del respeto y amor de los animales. Pero también sabía que bajo la influencia de la luna ese don desaparecía.

Un día que tenía que atravesar el bosque por una senda tenebrosa y profunda para dirigirse a una población más lejana, no tuvo demasiada noción del tiempo pasado y cuando se encontraba a medio camino escuchó un alarido agudo y penetrante. La piel se le puso de gallina y mirando al cielo vio entre las ramas de los árboles que la luz del día se iba apagando para dar paso a la noche. Respirando profundamente, trató de sobreponerse, a la vez que tocaba la daga escondida entre sus ropas.

Miró al frente para seguir el camino y de nuevo se le atenazó el corazón al volver a escuchar ese lúgubre y agudo sonido de manera más cercana. Decidió echar a correr y salir huyendo, era mucho el miedo que sentía. Pero en su loca carrera y ante la irregularidad del terreno, tropezó, y cayendo de bruces fue rodando hasta terminar en una trampa para lobos que se encontraba camuflada en el suelo con ramas y hojarasca.

Quedó noqueada por el golpe, pero cuando poco a poco fue recuperando el conocimiento y sin saber exactamente donde había caído, le llegó un fuerte olor, un tanto acre, a la vez que sentía una respiración jadeante cerca de ella.

Comenzó a gemir llena de temor e impotencia mientras trataba de arrastrarse en sentido contrario a ese olor y jadeo cercano, y salir de ese agujero buscando un lugar más seguro en la sombría negrura del bosque. Cuando sintió como algo peludo y cálido se le echaba encima.

El espanto la sobrecogió, haciendo que se le nublara el entendimiento y solo la histeria tomara su mente para chillar con todas sus fuerzas.

De pronto, un rayo de luna iluminó unas fauces de colmillos alargados y níveos que brillaban rompiendo la negrura, y entonces supo con lo que había topado.

El lobo era muy grande. Un blanquísimo y espeso pelaje lo recubría totalmente, confiriéndole una bella estampa. También, y ante los bramidos de la joven, se encontraba asustado e inquieto. La olfateaba y gemía alejándose dentro de su estrecho espacio y de nuevo volvía a acercarse a ella.

Poco a poco y viendo que no tenía escapatoria, la joven se quedó muy quieta hasta que las primeras luces del alba fueron llenándolo todo, entonces vio como el lobo le acercaba con su boca una pequeña alimaña muerta.

Pensó que si el lobo todavía no la había devorado entre sus fauces con la llegada del día, ya no lo haría. Recordó la daga entre sus ropas y armándose de valor abrió en canal a la alimaña y tomando con sus manos el corazón se lo acercó con suma valentía a la boca del lobo. El lobo entendió el mensaje y con un gemido de placer masticó ese exquisito bocado y los demás que le fueron llegando.

Desde entonces, cuenta la leyenda que Caperucita Roja siempre iba acompañada de un gran lobo blanco y que ya, ni la noche pudo con ella.

Marybella
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LA MUJER DE AZUL

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La suya era una manera especial de viajar. Desde pequeñita le había sido muy fácil evadirse de la realidad y volar mentalmente a otro lugar. Fue esto lo que la propició a salir cada vez más de su cuerpo y aparecer en otras partes del mundo. No obstante, tenía que tener cuidado, podía darse la situación de querer volver a su cuerpo y no encontrarlo. Por ello, siempre se anudaba en su dedo meñique un hilo rojo que nunca se acababa por muy lejos que se marchara. Ese hilo rojo estaba tejido con el hilo de los sueños.

Como la habían invitado a una fiesta, se había puesto un lindo vestido azul para la ocasión. Ya llevaba un tiempo saludando y charlando con unos y otros, hasta que llegó un momento en que empezó a aburrirse y decidió salir al jardín para tomar el aire. Allí comenzó a invadirla una especie de sopor que la fue relajando hasta quedar profundamente dormida. En esos momentos, cualquiera que pasara sólo vería a una joven mujer dormitando, pero nunca imaginarían que su cuerpo, cuando ella viajaba, era solo un cascarón. Si, sus constantes vitales funcionaban, pero eran meramente vegetativas, ella se encontraba a miles de kilómetros de ese jardín, donde su cuerpo estaba medio reclinado.

Se hizo visible en un parque natural donde los animales campaban a sus anchas y por donde discurría un fresco y sinuoso río de orillas frondosas, llenas de vegetación y salpicadas de bellas flores de múltiples colores.

La mujer de azul quedó inmediatamente hechizada por toda la belleza que la rodeaba y sin sentir el más mínimo miedo. Ella supo desde el primer instante que allí todo era perfecto y que la armonía estaba instalada en todo lo que sus ojos contemplaban.

Estaba caminando y recreándose en ese paraíso encontrado, cuando de repente oyó un ruido, era como si algo se frotase contra el suelo. Agudizó la vista y el oído tratando de dirigirlos allí donde le pareció se producía el ruido, y de pronto, asomó la más enorme y magnífica cabeza de serpiente que nadie pueda imaginar. A la mujer de azul se le escapó un grito y pegando un respingo se giró dispuesta a correr en la dirección contraria, pero entonces oyó como la serpiente que ya se la veía entera, le dijo: – Espera, no te vayas. No temas que nada voy a hacerte.

Pasada la primera impresión y ante la voz suave que había escuchado, la mujer de azul se giró. Entonces la pudo ver completamente: era enorme y hermosa, y con un larguísimo cuerpo lleno de bonitos dibujos. Ahora se mostraba sentada sobre los cinco aros que su propio cuerpo había formado.

Y le preguntó: – Siendo una serpiente, ¿cómo es que hablas?

La serpiente le dijo que estaba en un sitio mágico y que hasta lo impensable podía acontecer, ella misma era más inofensiva que una lombriz de tierra, pese al corpachón que exhibía.

La mujer de azul aprovechó para preguntarle qué en dónde se encontraba y la serpiente le dijo: que era el paraíso donde todos los animales que habían sucumbido en La Tierra marchaban. En este lugar no necesitaban matarse unos a otros para proveerse la comida, no existía ninguna carencia; ni cambios de estaciones que les hiciera guarecerse por el frío o las inclemencias del tiempo. Todos, cualquiera fuera su naturaleza, vivían en total armonía sin ningún miedo entre unos y otros.

Entonces, se preguntó a sí misma, por qué se encontraba en este lugar, y un recuerdo triste comenzó a surgir de su interior. Echaba de menos a su dulce compañera, esa bolita de lana que por las noches se acurrucaba a los pies de su cama. Esa bolita blanca era su perrita Tana, la perrita que su padre le había regalado en su décimo cumpleaños, cuando solo tenía dos meses de vida. Tana la acompañó dieciséis años de su vida y siempre fue su mejor amiga. Ella siempre fue su pequeña “cosita” divertida y alegre que le profesaba todo su amor incondicional.

Ahora cuando volvía a casa ya nada le saltaba a sus brazos, ni oía esos ladridos mágicos que le quitaban las preocupaciones del día. Ella se había marchado definitivamente y su corazón estaba muy triste.

Una luz le iluminó el entendimiento y supo por qué precisamente se encontraba allí. Tenía que volver a ver a Tana y sentir su dulce cuerpecito junto al suyo. Y como en este paraíso todo era posible, el deseo hizo realidad su sueño y Tana apareció más feliz y hermosa que nunca entre unos matorrales. Se le alzó de patitas y la mujer de azul se arrodilló y rodeándola con sus brazos la mecía en su regazo mientras le iba susurrando su inmenso amor entre sus orejitas. Mientras Tana, no dejaba de volverse y pasear su lengua por la cara de su amita, dándole todos los lametones que su gran amor le brindaba.

Tana, sabiendo su don, la había llamado para reencontrarse y que no estuviera tan triste, ella era muy feliz donde se encontraba, solo la tristeza de su amita ponía un velo a su inmensa dicha.

Desde entonces la mujer de azul que había dejado anudado un hilo rojo a una de las patitas de Tana, volvía al paraíso de los animales cuantas veces deseaba y allí encontraba siempre a su querida perrita, llenándola de las mejores vibraciones para su alma.

Marybella

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LA USURPACIÓN

LA USURPACION

 

La mujer ardía de ira ante la apropiación indebida de ese ser que había llegado a sus vidas. La boca se le estremecía solo de pensarlo, ante los juramentos que no podía llegar a cumplir.

Interiormente maldecía una y otra vez ese día que entró a su vida para dejarla sin resuello desde el alba al anochecer. La engañó vilmente cuando creyó en sus buenas palabras que declaraban buenísimas intenciones para proteger a una mujer sola con un niño pequeño y ayudarla en las faenas de la granja, hasta que su marido ausente, regresara de la guerra.

Ella accedió a que la ayudara en las labores de la granja y como pago a su trabajo acordó con él: darle un sitio para que pernoctara en el granero, sustento y la mitad de la venta de lo que se consiguiera en el mercado.

Al principio fue todo bien, hasta que este ser abyecto se cercioró que la batalla se había perdido y todos sus hombres dados por muertos, supo con ello, que el marido no regresaría jamás. Entonces cambió su piel de cordero por la de lobo y no había día que las costillas de la mujer quedarán sin su señal.

Lo primero que hizo fue meterse en la casa, quedándose con la cama donde dormían ella y su hijo pequeño y desterrarlos a dormir en el suelo. Luego le dijo a la mujer que no sólo tenía que ocuparse del ordeño y los establos, sino  también alimentar a todos los animales de la granja y limpiar sus dependencias. Además de proveerle sustento a él: cocinándole variado y copioso sin que nunca le faltará cerca su aguardiente.

Cuando la mujer lo notaba entrar en furia, corría a proteger a su hijito, que más de una vez se sintió alcanzado por el frenesí iracundo que con frecuencia le ocasionaba su embriaguez. En esas ocasiones tomaba la mano de su pequeño y lo ponía a buen recaudo, haciéndolo desaparecer afuera, al posible calor del establo, aunque la noche y el frío durmieran con él. Después, este monstruo cruel, se cebaba con ella, dándole golpes y profiriéndole viles insultos, así llegaba a tranquilizarse y quedar exhausto durmiendo su borrachera.

Cada vez era peor y su hijo, tan pequeño, pasaba solo casi todo el día en el bosque, dónde lo hacía ir para que no le hiciera daño.

En esa estaban, cuando el niño de sólo 6 años, un día mientras por el bosque vagaba, oyó un lúgubre y tenue aullido. Se fue acercando a este sonido hasta que encontró mal herido a lo que le pareció un perro. Cuando llegó a su lado, vio que se encontraba herido y extenuado, atrapado entre unos hierros. Puso todo de su parte y pese al ímprobo esfuerzo que le costó, terminó liberándolo y después de acariciarle entre las orejas y hablarle con mucha suavidad, lo dejó tapado con hojarasca y maleza, para resguardarlo del frío y otros animales.

El niño volvía cada día y le daba de comer todo lo que podía tomar de su casa. Así un día con otro, se fue afianzando una gran amistad entre ambos y consiguió llenar las largas horas que debía pasar en el bosque con su sola compañía. Se consolaba contándole sus penas, lo que en su casa pasaba desde que su padre marchó a la guerra dejándolos solos a su madre y a él. El animal lo miraba con ojos húmedos y le lamía la cara, a la vez que le movía su gran rabo.

Así fueron pasando los días y las tornas se fueron cambiando. Ahora era el animal el que cuidaba y protegía al niño. Al atardecer siempre lo acompañaba cerca de la granja, donde lo veía desaparecer.

Pero una noche en la que el niño y ella dormían en un rincón de la cocina sobre el jergón que compartían, y después de que el tirano tomará una cena copiosa, en la que sólo había dejado sus sobras relamidas para el niño y ella, y mientras andaba dormitando medio borracho sobre la mesa, cogiendo el aguardiente y engulléndolo de vez en cuando; la mujer mirándolo, se juró así misma y con toda su alma, que esto tenía que terminar,  aunque con ello se condenará para siempre, lo mataría, y en esas estaba, cuando una especie de ruido golpeó la puerta.

La mujer se incorporó sorprendida por lo tarde de la hora y acercándose a la puerta preguntó quién era. Volvió a oír ese ruido sordo y tuvo un presentimiento. Cuando abrió vio un gran lobo delante de ella, con los ojos inyectados en sangre y unos colmillos largos y de blancura radiante, que sin pensárselo un segundo, se lanzó como fiera que lleva el diablo sobre el cuello del usurpador, dejándole la garganta seccionada de oreja a oreja.

Después de lo acontecido quedó paralizada, viendo como el lobo seguía al lado de su víctima con sus fauces manchadas de sangre, y temiendo por la vida de su hijo, dirigió su mirada al rincón donde dormía, comprobando que se había despertado y se restregaba los ojos. El niño entonces, lejos de asustarse, llamó al animal con autoridad y cariño. El lobo, al escucharlo, dejo a su presa desangrarse y se apostó con docilidad y sumisión en su regazo. Fue entonces, cuando comenzó a acariciarlo a la vez que lo abrazaba y le metía  su carita entre las orejas  dándole las gracias entre susurros, mientras el lobo trataba de girarse para poder lamerle con gran amor.

Marybella

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LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE PLATA

la gallina de los huevos de plata

 

Había una vez una pequeña gallina tremendamente ponedora. Dotada de una característica muy especial: sus huevos eran de plata.

Nadie sospechaba como podía ocurrir. El granjero estaba muy satisfecho por los pingües beneficios obtenidos con sus huevos, pero cada día descansaba menos. Su motivo se debía a la preocupación que le ocasionaba pensar como alguien amante de lo ajeno se la podría sustraer.

Una noche bellísima que preocupado estaba, oyó un ruido y se acercó a la ventana y quedó maravillado al ver como la luna lanzaba su luz plateada y bañaba a la gallina llenándola de plata. Así y sólo cambiando el metal se consiguió otro cuento.

Maribel Durán

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ESTRELLAS DESDE MI VENTANA

Estrellas desde mi ventana

Pero mi niña, ¿dónde vas con el palo y el baúl?

Mira mamí, que voy a la azotea, que con el palo quiero alcanzar a las estrellas y meterlas en el baúl…llevo noches viendo como sus luces  palidecen  y como tú haces aquí en casa con las lámparas que cuelgan, que cuando pasa un tiempo las limpias y de nuevo brillan, así mismo pensé, lo que yo necesitaba para este menester. 

Que las del cielo también se ensuciaron y quiero limpiarlas, y luego de nuevo colocarlas, para que así las noches tengan toda su luz. 

Que desde mi ventana cuando me voy a dormir, yo hablo con ellas y con destellos me contestan, así como guiñándome. Ellas con sus brillos plateados, cuando las miro, me dicen que aquí sea feliz, que vine de ellas y cuando me vaya seré de nuevo otra, que desde el firmamento con mi luz daré resplandor y velaré los sueños para que la ilusión sea algo que nunca se apague,  y alumbre las noches de todas las estrellas que se hicieron niños y viven aquí.

Maribel Durán

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COMO UN CUENTO DE HADAS

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Todo comenzó hacía menos de un año, cuando ella era una joven estudiante en la facultad de derecho. Una tarde que se dirigía a la biblioteca llevando un montón de libros entre sus brazos, tropezó con él, eso hizo que todos los libros cayeran al suelo. Ambos se agacharon a recogerlos y mientras él se disculpaba y esbozada una sonrisa nerviosa, se miraron a los ojos. No sé qué pasó por ellos, pero eso hizo que surgiera una línea definitoria entre el antes y el después en sus vidas.

Pasaron unos cuantos meses y el flechazo que había prendido el primer día fue haciéndose cada vez más profundo. Tanto es así, que cuando sus obligaciones les mantenían separados, sus días se hacían interminables, no viendo llegar el momento de estar de nuevo juntos.

Pero existía un impedimento, él no era libre de elegir, se debía a una obligación ineludible. Heredaría el trono del rey, su padre, el cual le obligaría a casarse con una igual.

Ella por su parte, lo creía un chico normal; preparándose para ejercer como profesional el día de mañana. Pero él, para no asustarla, nada le dijo. Nunca hubiera podido imaginar de quién se trataba.

Mientras tanto, sus vidas se iban desarrollando como se suponía que debía de ser entre dos estudiantes muy enamorados.

Pero el tiempo pasó y su marcha hacia su reino ya no podía dilatarla más. No quería, ni podía dejar a su amor pese a las circunstancias que imperaban en su vida. Por ello, le escribió una carta disculpándose de su partida y prometiéndole que volvería a por ella, y aunque tardase, no dejaría de mantenerse firme en su propósito.

Ella se quedó sola, sin comprender lo que había sucedido. El tiempo fue pasando y cada día más triste lo seguía extrañando mientras lloraba su ausencia, comenzando a sentir un profundo desengaño amoroso que la mantenía postrada y sin ilusión por nada.

Pero él volvió, desafiando todas las leyes sucesorias de su reino y amenazando a su padre con abdicar en su derecho, si con ello no podía amar a quién hubiera elegido.

Ella, necesitó comprender cuan afortunada era, al darse cuenta de la inmensa suerte que había tenido al enamorarse locamente de él, aún sin saber quién era.

Allí estaban ahora,  y desde uno de los torreones del castillo contemplaban el fabuloso paisaje que se extendía a sus pies. Resultaba de una belleza sublime, como si de una pintura se tratase y en la cual la naturaleza se hubiera recreado, prodigando hermosura con total generosidad; cuando él, tomándola de la cintura y atrayéndola hacia sí, la estrechó entre sus brazos con suma pasión y susurrando al oído le comunicó que era la princesa que había elegido para su vida y su reino. Ella ni siquiera podía imaginar cómo podría ser su vida a partir de ahora, su cuento de hadas  acababa de comenzar.

Marybella

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CIENTA

Cienta                      

 

Tic-tac…tic-tac…tic-tac, en medio del baile el reloj comenzó a tañer sus campanadas y en la doce paró. Después todo desapareció: el vestido, la corona, la carroza, los lacayos. Sólo un zapatito de cristal quedó para el recuerdo.

Marybella

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EL JINETE Y EL AGUILA

El Aguila        

 

Se puso los calcetines del revés, así las costuras no se le clavarían en los dedos al ponerse las botas. Cogió la montura y la colocó a horcajadas a lomos del caballo.

Montó, y salió al galope en cabalgada, hasta que en el cielo un águila deseosa de presa lo vio y como un rayo bajó en picado hacia él, y clavándole sus garras en los hombros, lo tomó al vuelo. 

El caballo más liviano siguió y siguió cabalgando sin timón que lo guiara. 

Mientras el jinete suspendido del águila, volaba ríos y montañas hacia un destino cruel.

 

Maribel Durán

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