EL SUEÑO

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Soñé que habitaba en un planeta llamado Tierra. Era un planeta de una exuberancia y belleza de cuento. Nada escapaba de su inmensa plenitud. Allí los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, habían esculpido con todo el sublime arte de que eran capaces, las maravillas que en él se encontraban.

Llegó un día que se necesitó de otra inteligencia, que al igual que un director de orquesta, dirigiera la música de la naturaleza. Entonces Dios, de manera razonable, depositó una brizna de esa sublime inteligencia en un nuevo ser dotado para acogerla. Llamó a esta nueva criatura “hombre”, en un sentido neutro.

Comenzó a desarrollarse en este azul planeta y se erigió en su dueño.

Al principio disfrutaba, como un auténtico niño, de todos los prodigios que se le iban mostrando a su alrededor y de los cuales se sentía bendecido.

Todo tenía un ritmo regular y necesario para su equilibrio: el día daba paso a la noche, las estaciones se sucedían, todo se renovaba con los ciclos naturales de nacimiento y muerte.

En mi sueño me recorrían sensaciones que poblaban mi ser y acudían a darme la razón de mi estar aquí. Tenía que rodar mi vida desde mi nacimiento como si de una película se tratase. Porque tenía que SER y, para ello, tenía que ESTAR.

Pasó mucho, mucho tiempo y en la Tierra habitó un mundo inmenso, donde una gran multitud de SERES se manifestaban y cada día se afanaban en seguir experimentando y llenar de momentos su VIDA. Así se iba escribiendo el libro de este magnífico planeta azul.

Pero llegó un tiempo en que el hombre se fue distanciado de su SER auténtico y su inteligencia ya no vibraba al ritmo que el corazón del planeta Tierra le marcaba. Poco a poco se fue erradicando de su influjo y actuando dentro de él con una arrogancia y superioridad que le dictaba su ego excesivo. Como consecuencia de esto, todo comenzó a cambiar a partir de aquí en el planeta Tierra.

Los primeros que sufrieron nefastamente, fueron las criaturas que el hombre creía que eran limitadas ante sus ojos: los animales. Se les fue expulsando de su hábitat natural y algunos llegaron a la extinción. Grandes y continuas guerras entre los hombres trajeron destrucción, muertes innecesarias, mucho dolor, hambrunas, enfermedades… Los mares se llenaron de deshechos propiciado por las ingenierías industriales del hombre, tales como residuos perniciosos y muchos plásticos. Las selvas masivas se fueron talando y quemando consiguiéndose cada vez más deforestación y desertización. A los ríos se les fue envenenando con los químicos vertidos de manera incontrolada. Se produjeron cultivos transgénicos que agredian la verdadera naturaleza de su esencia vegetal.

Ya no se sabía en qué estación se estaba. La climatología estaba dando un giro radical y los polos helados de la Tierra, que contenían una inmensa cantidad de agua congelada, se estaban derritiendo y elevando, consecuentemente, el nivel de los océanos. Esto, repercutirá negativamente en todo el ciclo natural y cada vez más tierras estarían sumergidas, destruyéndose las ciudades que hoy estaban en las costas.

También el hombre comenzó a tener enfermedades cada vez más indefinidas pero trascendentales en su vida: alergias, intolerancia, estrés, fobias, ansiedad, depresión, bipolaridad, cánceres de todo tipo. Y poco a poco este maravilloso planeta se vio mancillado en su más profundo sentido por todo este estado de cosas.

Eran muchos los que comenzaron a darse cuenta de todos los cambios que paulatinamente se estaban experimentando y querían cambiar todo lo que iba produciendo este caos, volviendo al origen.

Se dieron cuenta que la tecnología era un instrumento beneficioso o pernicioso según las pretensiones con las que se usase. Si sólo el egoísmo y la ambición estaba en el sustrato de los que actuaban, no se daría el respeto y equilibrio necesario para conseguir bienestar y se invertiría el orden de los factores que ayudarían a conseguir la evolución sostenible dentro del planeta Tierra, contrariamente, se darían todo tipo de fenómenos climáticos alterados, sufriendo cada vez más cataclismos ambientales y desestructuración de todo el sistema interior creado por el hombre. Algo que ya se había ido saliendo de sus límites y, no obstante, no se sabía realmente llegar a un acuerdo en el mundo para poner fin a este cada vez mayor desastre, y sin poder acceder a ningún otro planeta tan genuinamente sorprendente por la maravilla de lo que en él se nos había regalado.

En mi sueño llegué a sentir tantísima pena por la ingratitud y necedad de los seres que habitaban este mundo, y que encima, se creían superiores, que mi corazón quiso darles la espalda.

Pensé, ¿qué cómo era posible que estuvieran tan ciegos y no se dieran cuenta mirando hacia su interior, para encontrar la guía y remitir tanto desastre?.

Sólo si encuentran la semilla del amor naciente en el corazón de cada célula que los conforma, se abstendran de prostituir  con la ambición desmedida, a la naturaleza y los ciclos que los proveen.

Entonces desperté de mi sueño y un algo torcido perduró en mí por algún tiempo, dejándome un regusto amargo.

Aquí donde moro no hay tiempo, y después de darle vueltas y más vueltas al caos que sentí en el sueño, le pedí permiso a Dios para reencarnarme nuevamente,  y poder aportar  algo de la sabiduría que Dios quiso que volviera a trasladar al espíritu errático de los hombres.

Hoy nació un niño, en un lugar del universo llamado Tierra por sus moradores, que hizo saltar lágrimas de contento a sus progenitores y del que se iba a escribir de sus pasos aquí, durante toda la siguiente evolución de la humanidad. Será el caudillo que haga germinar la semilla de lo que verdaderamente fundamenta al Ser.

©Marybella