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REFLEXIÓN

Reflexión

Estaba demasiado sumida en su problema dentro de su entorno familiar y laboral para poder asumir su propio conflicto interior. Este,  realmente,  se encontraba en el miedo a sentirse sola y que dejaran de estimarla. Ese pensamiento negativo, precisamente, le desencadenaba todo tipo de emociones también negativas que, inconsciente y erróneamente, le hacían sentirse protegida, tal como: la ira, la tristeza y el miedo.

Un día que se encontraba en su puesto de trabajo delante de la pantalla del ordenador, empezó a acometerla una sensación interior de luz que ayudó a su comprensión. Se dio cuenta que era a ella y a su vida misma, a lo que tenía que aprender a amar, incluso antes que a los demás, eso le daría un valor que había estado exento, hasta entonces, en ella. Dotándola de la suficiente autoestima para hacer sentir hacía afuera, lo mejor que llevaba dentro.

Necesitaba para ello, encontrar ese amor profundo y sereno dentro de sí misma, que le hiciera llegar más plenamente a su autoconocimiento y comprensión.

También entendió que un conflicto es una oportunidad, precisamente, de mirar hacía su interior para no censurar y juzgar hacía afuera. Eso la hizo despejar las dudas de pensar que todos la juzgaban y por ello dejar de estimarla, para centrarse en trabajar el verdadero amor.

También supo que el conflicto mientras existiera la vida y en ella el ser humano, no dejaría de darse. Todos tenemos ideas y experiencias diferentes sobre las cosas, pero lo que le quedó claro dentro de su corazón, fue qué lo que uno elige construir o destruir después del conflicto, no depende más que de sí mismo.

© Marybella

 

LA FIGURA SOMBREADA

La figura sombreada

No aguantaba la incertidumbre, por eso cuando se asomó a la ventana y vio una figura quieta y ensombrecida por la diferencia entre la luz que proyectaba el farol de la calle y la propia oscuridad de la noche, sintió el impulso de bajar para ver quién era y averiguar por qué se encontraba ahí, tan quieta y como esperando a algo o a alguien.

Carmen era de dormir ligero y lo era más desde que la menopausia había hecho presencia en su cuerpo. Algunas veces sus noches se llenaban de todas aquellas inquietudes que afloraban sus miedos, consiguiendo que cobraran realidad en su mente y haciendo que fuera aumentando paulatinamente su ansiedad. Por eso, ante el poco resquicio de sueño que habitualmente sentía, se veía obligada a tomar una infusión de valeriana y melisa. Eran estas plantas, si no alivio total de su insomnio, si conseguían, por lo menos, suavizarle el nerviosismo: calmándola, mientras la iban llevando a un estado de somnolencia.

Esa noche, que permanecía tumbada en la cama a la espera del sueño, sintió una leve brisa sobre su cara que comenzaba a ser fresca. Se levantó, y fue entonces, al ir a cerrar la ventana, que lo vio. Toda su calma se disipó en cuestión de segundos y pronto su mente comenzó a divagar apabullada por un malestar que le iba inundando el alma.

Fue sintiendo en su interior que esa figura estaba ahí por ella y quería anunciarle algo. Su presentimiento se fue haciendo cada vez más real, a la vez que su inquietud. Decidió que bajaría a la calle, mejor así, que permanecer con la agonía que la embargaba. Se echó por los hombros un chal que cogió del armario y se calzó los zapatos.

Bajo los escalones despacio y según se iba aproximando a la altura de calle, se fue parando en el rellano de cada planta, un miedo cerval la atenazaba. Comenzó a sudar y sus pupilas se dilataron cuando la luz del portal de pronto se apagó, dejándola en la más negra oscuridad y sintiendo junto a ella como una presencia. Se acercó a la pared con el corazón latiéndole estrepitosamente y así, fue tanteando con la mano mientras sus pies seguían avanzando como si una fuerza ajena tirara de ellos. Pasado unos segundos dio con el interruptor y tras pulsarlo se iluminó todo el espacio.

Cuando llegó abajo y abrió la puerta del portal, la figura borrosa del hombre ya no estaba. Debajo del farol no había nadie, solo el reflejo que proyectaba la luz. No obstante, caminó unos pasos y se colocó bajo su áurea a la vez que hacia incidir su mirada hacia la ventana. Allí, en la ventana, en su propia casa ¡Estaba él! ¡Oh…por Dios! ¿Cómo era posible esto? Ante este descubrimiento sintió como si el suelo se tambaleara bajo sus pies y cayó de rodillas sin fuerzas en el duro pavimento. Se llevó las manos a la boca necesitando dar un gutural grito, pero no salió el menor sonido de su garganta. Estaba atrapada y paralizada en su propia impotencia. Y él, mirándola desde la ventana, comenzó a reír cada vez más fuerte, hasta que su risa se convirtió en un rugido que hería sus tímpanos. Ella, mientras, comenzó a revolcarse en el suelo, sin poder hacer otra cosa y delirando de miedo.

Poco a poco escuchó un eco lejano que fue invocando su nombre y se hizo cada vez más cercano, a la vez que se sentía zarandeada…¡Despierta! Carmen, ¡despierta! Solo es una pesadilla, no pasa nada, tranquilízate, ya ha pasado todo. Estas en casa, en tu cama, ha sido solo un sueño…un mal sueño.
 
©Marybella