ELLA SEMBRÓ MI JARDÍN DE MARGARITAS

margaritas

 

Estaba triste y compungido, no podía ni lamerme mis heridas, ni voluntad me quedaba. Me aposté en una esquina y fue cuando te vi pasar. Cómo me sorprendió tu especial melena, con ese corte tan sofisticado y ese flequillo tupido, todo liso, muy liso y a dos colores, rubio clarísimo y negro. De modo que cuando se movía la capa superior, asomaba lo oscuro y el cóctel con tus facciones armoniosas, resultaba espectacular.

Yo deseaba una mujer, sí, una mujer de verdad. Independiente y dueña de su vida. Una mujer con vivencias que la armaran y la hicieran fuerte y resuelta. Que se supiera enfrentar a la vida con sus cinco sentidos y si tenía funcionando bien el sexto, llamado intuición, pues mejor que mejor. Esa mujer que complementara mi vida y su influjo marcase una huella inalterable en mí.

Una mujer que supiera mirar desde lo profundo de sus ojos y conectar con lo genuino y más puro que yo tuviera. Que me brindara la oportunidad de rendirle desde mi alma lo que me adornase y regalarle cada día de mi vida lo mejor de mí.

Una mujer que su sonrisa se abriera como el sol en un día de lluvia, llenándolo todo de luz y calor, haciendo brillar de manera esplendorosa hasta el rincón más oscuro de mi corazón. Una mujer con aplomo y decisión, pero amorosa y llena de pasión. Que me supiera arrullar con ternura y colmara mis días con toda ilusión.

Esa mujer ya existía dentro de mi interior, la había creado para sentirme consolado cuando pasé por tanto dolor, pero no se había manifestado. Quizá yo no estaba preparado y por ello no surgió.

La llamé una y otra vez desde lo más profundo de mí: cada noche, cada amanecida, cuando paseaba, cuando me encontraba trabajando. Quería que apareciera ya en mi vida y juntos con nuestras manos entrelazadas caminásemos muy unidos y compartiéramos todo lo que la vida nos hiciera llegar.

Llámalo telepatía, intuición o lo que desees, pero cuando aquel día te vi pasar con ese movimiento de melena y esas curvas que se trazaban en tu cuerpo natural y esbelto, supe que ella, la que dentro de mi existía, se había materializado en ti.

Desde entonces creo en los milagros de la vida y en saber que tú dentro de la mía eres mi mayor bendición. Has sembrado mi jardín con tanto amor que solo puedo volver a proyectar todo mi inmenso sentir hacía ti, y hacerlo con toda la devoción que soy capaz.

Gracias por existir mi bella princesa de cuento y tocar a la puerta de mi realidad, haciéndome contigo  el regalo más preciado que hombre alguno pueda imaginar. Te amo mi niña.

Por ello: ¡Sembré margaritas! Ellas son sencillas y bonitas, y como pequeños soles salpican de luz y color el verde que habitan. Y ella, precisamente como una margarita, supo llenar el jardín de mi corazón.

© Marybella